domingo, 6 de abril de 2025

"HABITADA", LA NUEVA NOVELA DE CRISTINA SÁNCHEZ-ANDRADE


De Cristina Sánchez-Andrade (Santiago de Compostela, 1968) han sido reseñados en esta sección sus dos magníficos libros anteriores en el género narrativo: el conjunto de relatos “El niño que comía lana” (2019) y la novela "La nostalgia de la Mujer Anfibio" (2022). Licenciada en Ciencias de la Información y en Derecho, la escritora compostelana, afincada en Madrid, es crítica literaria y traductora, articulista en diversos medios de comunicación y docente universitaria. Receptora de varios premios literarios y traducida a varios idiomas, ha publicado una docena de novelas, media docena de libros de relatos, un par de ensayos y un libro de poesía. Ahora, también en Anagrama, acaba de publicar “Habitada”, su última novela, nuevamente ambientada en una Galicia rural y profunda, mágica y misteriosa. 

“Habitada” está inspirada en un extraño suceso ocurrido en 1925, que fue conocido como el caso de la espiritada o iluminada de Maeche. En este concello coruñés, Manuela Rodríguez Fraga, una labriega analfabeta de unos veintiséis años, que llevaba cuatro años enferma en la cama, comenzó a hablar en español con acento cubano y con una voz ronca y masculina, mostrando inusitados conocimientos de filosofía y liturgia religiosa e incluso utilizando el latín en ocasiones. En torno a su cama, atraídos por el extraño fenómeno, acudieron vecinos de aldeas próximas, algunos periodistas de la capital y varios médicos que intentaron curarla con diferentes métodos. Manuela les contó que un día bebiendo agua de una fuente entró en su cuerpo el espíritu de un clérigo de Ortigueira que había muerto en La Habana. Se trataba de un fenómeno que en Galicia y Brasil se conoce como “corpo oberto” y consiste en que el espíritu de una persona muerta entra en el cuerpo de otra para manifestarse y hablar a través de ella y, en ocasiones, para terminar algún asunto que le quedó pendiente en vida.

La protagonista de la novela se llama Manuela Fernández Fraga y se presenta como “joven labriega de San Xurxo de Moeche”. Solo hay, pues, un pequeño cambio en el primer apellido de la espiritada del caso ocurrido en 1925, año que también se mantiene como momento central en la cronología del relato. Es la propia Manuela quien narra los hechos en primera persona y divide su historia en dos partes (“muda” y “huésped”), rematados por un breve epílogo (“desalojo”). En “muda”, Manuela cuenta su vida antes de ser “habitada” por el clérigo de Ortigueira. Una vida dura, trabajando sin descanso desde niña, explotada por su padre tras la muerte de su madre. La propia Manuela lo explica así: “nunca pensé que el tiempo fuera algo mío: ir a por agua, lidiar con mi padre, ir a por agua, cortar el tojo y secarlo para la corte y también hacer estiércol, dar de comer a las gallinas, ir a por agua, cocinar, ordeñar a las vacas, plantar patatas y cortar las berzas, ir a por agua, recoger hierbas silvestres y flores: esa es la sustancia de mi tiempo”. Luego, por mediación del señor abad, como llaman al cura del pueblo, Manuela irá a trabajar a la casa del amo, como denominan al cacique local, para cuidar a su mujer que sufre depresión desde que su hija murió ahogada. Manuela empieza a oír voces de los niños no nacidos, de las vagalumes o luciérnagas del bosque… y aprende los secretos de las hierbas y las artes mágicas con Maimiña, la vieja meiga local.

La primera parte está escrita sin uso de mayúsculas tras los puntos, en una prosa más simple, que intenta reproducir las limitaciones de Manuela, que está perdiendo progresivamente su cordura. También usa muchos galleguismos (me gusta especialmente “faladoiros”, lugares donde se junta la gente para hablar). En la segunda parte, con Manuela ya “habitada”, se recuperan las mayúsculas y la prosa es más elaborada, con la inclusión de expresiones cubanas. La novela se ambienta en la Galicia rural del primer tercio del siglo XX, una sociedad pobre y atrasada, violenta y caciquil, donde la religión católica convive con supersticiones ancestrales. Predominan los personajes femeninos potentes, de fuerte personalidad. Además de Manuela, destacan la madre del abad, que tiene a su hijo dominado; la mujer del amo, doña Sinforosa, obsesionada por su hija muerta; la meiga Maimiña, trotadora y aficionada al orujo; o la Jerónima, que trabaja en la casa del amo. Entre los masculinos, sobresalen los representantes del poder en el concello: el artero y rijoso señor abad y, por encima de este, el dominante amo don Diego. También el cura joven Santiago, que amenaza el monopolio eclesiástico del abad en el lugar. Y hasta el espantallo o espantapájaros, que Manuela lleva siempre consigo, acaba siendo casi un personaje más del relato.

Podemos decir que la novela se inscribe en un realismo mágico muy presente en la literatura gallega, que fue antes que el hispanoamericano, pues no olvidemos, entre otras cosas, que la abuela de García Márquez era gallega. Cuyo principal representante es Álvaro Cunqueiro, pero al que se suman Wenceslao Fernández Flórez, el Torrente Ballester de “La saga fuga de J. B.” o tantos otros hasta nuestros días. Esa Galicia misteriosa y mágica, llena de leyendas y tradición oral, de meigas y santas compañas, de bosques encantados, de espíritus errantes, de corpos obertos… Esa Galicia en la que se inspira, y que tan bien plasma, Cristina Sánchez-Andrade en su envolvente literatura.

“Habitada”. Cristina Sánchez-Andrade. Anagrama. 2025. 232 páginas

sábado, 22 de marzo de 2025

"QUERCUS", UNA NOVELA SOBRE LA ESPAÑA RURAL DE LA POSGUERRA

“Quercus” es un caso atípico en la literatura española actual. El libro fue publicado en 2019 por Cuarto Centenario, una modesta editorial con sede en Toledo. El efecto boca a boca hizo que la novela alcanzara una considerable difusión y saltara los límites geográficos de la comunidad castellano-manchega. En este 2025, ha salido la octava edición del libro y, en torno a él, se han creado recientemente algunas rutas senderistas por el Parque Nacional de Cabañeros, en los Montes de Toledo, por cuyos parajes transcurre parte del relato.

El autor de “Quercus” es Rafael Cabanillas Saldaña (Carpio de Tajo, Toledo, 1959), docente que trabaja en la actualidad como profesor de Lengua en un instituto de Ciudad Real y que lo hizo anteriormente como maestro en escuelas rurales unitarias manchegas. Viajero, articulista y colaborador de National Geographic, es autor de varias novelas y libros de viajes. Tras el éxito de “Quercus”, ha publicado, también en Cuarto Centenario, y compartiendo universo literario, las novelas “Enjambre” (2021) y “Valhondo” (2022). Las tres conforman la trilogía narrativa denominada  “En la raya del infinito”.

“Quercus” transcurre durante la posguerra española en un territorio manchego geográficamente no definido. Los lugares y los nombres de los pueblos (Valdelovillos, Hontanares, Valdelagua o Navapuerca) son ficticios y solamente el topónimo Rocigalgo, uno de los picos más altos de los Montes de Toledo, es real. Además, otro de los aspectos más destacados de la novela es el uso de palabras propias de esta zona geográfica. Para facilitar su comprensión, al final del libro encontramos un glosario o vocabulario alfabético de esos localismos. Algunos tan curiosos como “currucaneros” (comerciantes y tratantes de ganado), “espesinar” (monte muy cerrado), “macareno” (jabalí de gran tamaño) o “viajera” (autobús).   

La historia narrada se remonta a la Guerra Civil española, cuando el joven Abel Mejía Romero es testigo del asesinato de su familia y huye despavorido al monte, donde durante tres años largos vive escondido, sobreviviendo de la caza, la pesca y la recolección de frutos silvestres. Tras salvar a una joven de morir ahogada, entrará en contacto con la civilización e irá a parar a un pequeño pueblo donde acabará instalándose. Los campesinos de la región sobreviven a duras penas en un periodo de escasez económica y terror político. La pobreza, convertida por momentos en hambruna, se acentúa cuando un ministro del régimen franquista compra una gran extensión de terreno para uso cinegético con sus ricachones compañeros de la capital. El vallado del latifundio afecta a las labores de pastoreo y la utilización de recursos antes comunales y solo las personas contratadas para trabajar en la finca tienen asegurada su subsistencia. En esas adversas circunstancias Abel y su nueva familia intentarán salir adelante.

En “Quercus”, la naturaleza, el paisaje y los trabajos rurales de los lugareños adquieren un destacado protagonismo: las escarpadas serranías, la berrea de los ciervos, las carboneras vegetales, el descorchado de los alcornoques, el corte de leña en los bosques, las batidas de caza… También asistimos al final de ese tipo de vida y el inicio de la despoblación rural y la emigración a las ciudades. Porque la injusticia social y el latifundismo abusivo actuaron como aceleradores de ese vaciado de la España interior y del éxodo a los crecientes núcleos urbanos demandantes de mano de obra. “En unos años, las dos aldeas se quedaron medio vacías y sus habitantes tuvieron que emigrar a las grandes ciudades, cuyos extrarradios crecían y crecían en un mar de chabolas de chapa y cartón”.  

“Quercus” es una novela dura e impactante. Un relato demoledor sobre unos años de injusticias y miseria, de hambre, suicidios desesperados y abusos de poder de los ricos sobre los pobres. Tal vez los personajes principales encarnan, sin apenas matices intermedios, comportamientos morales y humanos totalmente opuestos y antagónicos. Desde el honrado Abel y la valiente Lucía hasta el despiadado Don Casto, cuyo nombre es una flagrante y casi cómica ironía.  

Con un narrador externo y omnisciente, que a veces se dirige directamente al lector, la novela se inscribe dentro de una corriente de ruralismo literario que parece vivir un cierto rebrote en nuestras letras. Por algunas afinidades obvias, “Quercus” puede vincularse con algunas de las novelas más duras de Miguel Delibes, como “Los santos inocentes” o “Las ratas”. También con otras más recientes como “A la intemperie”, de Jesús Carrasco. “Quercus” es un interesante eslabón en esta literatura que se adentra en la realidad y las causas del vaciado de la España rural. En este caso, en el contexto histórico de la extrema dureza social de la posguerra española.

“Quercus”. Rafael Cabanillas Saldaña. Cuarto Centenario. 2025. 8ª  edición. 352 páginas.

domingo, 9 de marzo de 2025

DOS NOVELA PREMIADAS DE DOS PROMETEDORAS ESCRITORAS


“La casa limón” y “Los hechos de Key Biscayne” son, respectivamente, las dos narraciones ganadoras de la última edición de los premios Tusquets y Herralde de novela. Las sendas autoras de estos libros son Corina Oproae y Xita Rupert, dos prometedoras escritoras que han debutado recientemente en el género narrativo. Ambos relatos están escritos en primera persona por una narradora que recuerda, desde un futuro indefinido, hechos de su vida ocurridos en su infancia, adolescencia y primera juventud. Aunque con tratamiento y enfoques diferentes, son dos narraciones muy originales y de una destacable calidad literaria.

“La casa limón” es la primera novela de Corina Oproae, nacida en Rumanía en 1973, afincada en Cataluña desde 1998 y con nacionalidad española desde 2002. Licenciada en Filología Inglesa e Hispánica, ha publicado dos libros de poesía y traducido a varios autores rumanos al castellano y al catalán. Es autora del libro “La poesía del siglo XX en Rumanía” (2022). Con “La casa limón”, ha ganado la vigésima edición del Premio Tusquets de Novela. El jurado acordó por unanimidad premiar esta obra al considerarla “extraordinaria y singular en la literatura española, por su escritura precisa y evocadora, cruda y onírica, y por el testimonio de vivencias históricas de la Europa del Este”.

“La casa limón” transcurre en la Rumania de la década de los 80, en los  estertores de la dictadura de Ceasescu. La narradora es una niña que vive con su familia: sus padres y su hermanastra, que ya lleva una vida más independiente. La madre trabaja en un hospital y el padre cae enfermo y es enviado a casa de unos tíos. La niña también pasa temporadas con sus abuelos en la Transilvania rural. En su relato combina aspectos más realistas de su descubrimiento de la sociedad rumana con episodios más líricos de onirismo y ensoñación. Ella se refugia en la lectura y construye su mundo debajo de una mesa y rodeada de un castillo de libros.

A medida que crece, irá descubriendo la represión política y la escasez económica de su país, pero también la enfermedad, la muerte de los seres próximos, el sexo desde una relación de abuso y el amor. La familia vivía en una casa unifamiliar (la casa limón) que “los que en nuestro país se preocupan por la gente” han cambiado por un piso pequeño, en un bloque de color gris, al que llaman la caja de cerillas, “donde nos escucharemos los unos a los otros cuando tiremos de la cadena del retrete o cuando resoplemos por la noche”. También, a través de un amigo, descubre el significado de la palabra Securitate: “Son gente como nuestros padres y madres, pero para poder untar el pan de sus hijos por la mañana con mantequilla y no con mostaza vigilan a veces a sus vecinos e incluso a sus amigos, y luego se lo cuentan a nuestro Gran Dirigente”. “La casa limón” es una novela original, escrita con una prosa muy poética, que conjuga la inocencia de la mirada infantil con la memoria retrospectiva desde la adultez.

Tras el éxito de “Mis días con los Kopp” (2022), reseñada en esta sección, “Los hechos de Key Biscayne” es la segunda novela de Xita Rubert (Barcelona, 1996). Con ella ha ganado la 42 edición del Premio Herralde de Novela, compartido con  “Clara y confusa”, de la escritora chilena Cynthia Rimsky. Desde el jurado, Gonzalo Pontón Gijón define así “Los hechos de Key Biscayne”: “Un enrarecido relato de deseos adolescentes procesados por una mente adulta. Un padre seductor, entusiasta e irresponsable; un viaje al corazón del technicolor y la obscena opulencia de Florida; unas amistades ambiguas y quizá peligrosas constituyen las dimensiones de un mundo personal por el que corre un aire nunca puro”.

La novela transcurre en Key Biscayne (Cayo Vizcaino), una isla situada junto a Miami. Ricardo, un profesor de Filosofía, español y divorciado, ha conseguido de su exmujer la custodia temporal de sus dos hijos, una niña de doce años y su hermano algo mayor. El trato es que el padre va a trabajar como profesor visitante en la universidad de Boston y los niños se escolarizarán allí para aprender inglés. Sin embargo, Ricardo logra repentinamente el traslado a una universidad de Miami, en busca de un clima mejor y un ambiente social menos rígido. Allí, la familia entra en contacto con una sociedad de contrastes: famosos, millonarios y mafiosos y trabajadores más pobres a su servicio. Además de, entre otras cosas, niñas que se hacen operaciones de estética para parecer mujeres antes de tiempo.

La novela está narrada por la hija, que recuerda los hechos desde su edad adulta. El relato mezcla misterio, humor, relaciones perturbadoras y reflexiones filosóficas con algunas frases casi aforísticas. Con una madurez y un oficio sorprendentes para su juventud, Xita Rupert se confirma como una de las voces más originales y con mayor proyección de la actual literatura hispana.

“La casa limón”. Corina Oproae. Tusquets. 2024. 256 páginas

“Los hechos de Key Biscayne”. Xita Rupert. Anagrama. 2024. 216 páginas.


domingo, 23 de febrero de 2025

"CAMPOS DE ARAGÓN", LA HUIDA A LA MEMORIA DE JOSÉ LUIS GRACIA MOSTEO


José Luis Gracia Mosteo (Calatorao, 1957) es un escritor todoterreno. Con una extensa obra literaria, ha publicado, siempre con maestría y oficio, novelas, relatos, ensayos y libros de poesía. En este último género, es autor de los poemarios “La balada del valle verde” (2004), “El blues de los bajos fondos” (2009), “Romancero negro” (2017) y “La pierna ortopédica de Rimbaud” (2018). Ahora, acaba de publicar “Campos de Aragón”, un hermoso conjunto de poemas, de título machadiano y tono elegiaco, que el autor aragonés, afincado en Madrid, escribió durante la pasada pandemia.

En aquellos días de confinamiento, desde su casa de Madrid, José Luis Gracia Mosteo dejó volar su memoria hacía los hoy maltratados campos de su tierra aragonesa en los que pasó su infancia. Porque “el 14 de marzo del 2020, algunos huyeron al campo sin moverse de las ciudades”. Como  señala en el colofón de su libro, aquella Arcadia feliz en la que se posaron sus recuerdos e inspiraron sus poemas son “los campos del río Jalón (Calatorao, sobre todo, pero también Épila, La Almunia, Ricla, Calatayud…), así como los del río Gállego en Huesca donde mi padre trabajó en su niñez, y los de Andorra (Teruel) donde gocé de su hospitalidad”. El primer poema del libro ya expresa ese viaje al pasado: “Llévame lejos, memoria amiga, / llévame por la sombría carretera; / llévame a mi barrio y a mi pueblo, / llévame al regato entre la hierba; / llévame a los brazos del silencio, / llévame adonde el agua rumorea; / llévame con el canto de los grillos, / llévame con mi bata a la escuela.  Llévame a mi calle y vuélveme niño, / llévame a las viñas y a las huertas; / llévame con mi manso perro Rufo, / llévame adonde la muerte no llega; / llévame a lomos de los recuerdos, / llévame allí bajo las estrellas; / llévame a la luz de las farolas, / llévame a tomar la fresca eterna.  Llévame sin más pérdida de tiempo, / llévame con mi dulce tía Josefa; / llévame adonde mi padre no se ha ido, / llévame a mi tierra cual cigüeña; / llévame pues ignoran que murieron, / llévame pues aún salen y se sientan, / llévame a los campos de Aragón, / llévame y transforma nunca en mientras”.

A esta introducción, siguen los veinte romances repartidos equitativamente en cuatro bloques (La Tierra, El Agua, El Aire, El Fuego) que componen el libro. En los primeros hay un canto a los frutos de la tierra: el vino, la manzana, el calabacín, las judías, los ajos o el venusiano y orgulloso tomate. Con referencias a los clásicos grecolatinos (Homero, Platón, Virgilio, Ovidio) o a modernos como Plath, Huxley o hasta a Lou Reed y los Beatles. La ironía, siempre presente en la poesía de Gracia Mosteo, asoma en estos versos referidos a la manzana: “[…] o por qué al caerle a Newton / una justo en la mollera, / le inspiró toda una ley / que cambiaría la Tierra; / por qué los Beatles la hicieron / lema de su disquetera, / me dije, entonando Help / y comiéndome una entera”.

Siguen poemas dedicados a la lluvia, el pasado marino de los humanos, la sequía, el riego, la nieve, el sándalo… Y va creciendo un tono elegiaco y pesimista, que lleva al poeta de la nostalgia de las horas felices de su infancia en aquel paraíso perdido a la pena que le produce ver hoy abandonados esos campos otrora poblados y llenos de riqueza. Así lo expresa en el poema “Los demonios del campo”: “Viste el demonio careta, / ¿sabes tú cuál lleva ahora?, / la del progreso y la ciencia, / la tecnología loca, / esa que, ahora, a los hombres / los esclaviza y atonta, / esa que al campo condena, / al olvido y la derrota”. O en “La tormenta futura”: “Como el amor imposible / de la chica adolescente, / como todo eso el campo, / va muriendo lentamente: / nube, árbol, coche, aliento, /niña que sola se muere, / como todo eso el campo, / poco a poco así se pierde”.

Es en los últimos versos donde crece ese lamento y se manifiesta el contraste entre los espacios rurales de campos abiertos y noches estrelladas con los más reducidos y tristes de la ciudad enferma. Especialmente hermoso es el poema “Preguntas al agua del río” con estrofas como esta: “Sentado bajo los arcos, / ¿qué gimes agua del río? / ¿Por qué ahora la lluvia, / falte o sobre da lo mismo? / Tú, que vas a la ciudad, / dime a mí lo que has oído. / ¿Son más felices los hombres / en sus nidos hechos pisos? / Mas el agua murmuró: / “Nada pienso, nada he visto””. En “La balada de la casa sin reloj”, encontramos estos versos que expresan los deseos de fusión panteísta con la naturaleza: “En la vega del Jalón / donde la ciudad no llega, / sueño con las madrugadas, / los trigales y las cepas,/ zarzamoras y carrizos / y chopos en las riberas, / olmos, tejones y barbos / y, con las nieves, ginetas, / que solo salen de día / cuando el aire se congela. / Sueño que ya no soy sueño / y me fundo con la tierra”.

En “Campos de Aragón”, Gracia Mosteo vuelve a mostrar sus dotes para la poesía y su dominio de los recursos poéticos. Tal vez con el deseo de cerrar un ciclo, en muchos aspectos este libro conecta con “La balada del valle verde”, su primer poemario de hace ya veinte años. El escritor ha manifestado su deseo de no volver a escribir poesía. Esperemos que reconsidere esa decisión. En cualquier caso, estamos ante un autor que domina todos los géneros y registros y al que le quedan todavía muchos nuevos libros que regalarnos. 

“Campos de Aragón”. José Luis Gracia Mosteo. Olifante. 2024. 80 páginas.

domingo, 9 de febrero de 2025

"LA CARTERA", UNA NOVELA ITALIANA DE ÉXITO

“La cartera” ha sido todo un fenómeno editorial en Italia. En 2023 ganó el prestigioso premio de los libreros italianos independientes y fue el libro revelación del año con más de 450.000 ejemplares vendidos. La novela ha sido traducida a más de cuarenta idiomas y ha alcanzado un gran éxito en varios países europeos. En España fue publicada el pasado año por Duomo Ediciones, con traducción de Maribel Campmany, y ya va por su segunda edición.

Su autora es Francesca Giannone (Lizzanello, Apulia, 1982). Es licenciada en Ciencias de la Información, trabajó en catalogación de libros en Bolonia, ha publicado varios relatos en revistas literarias y cultiva la pintura. “La cartera” es su primera novela. Durante el pasado confinamiento, Francesca Giannone se instaló en su pueblo natal, Lizzanello, en el sur de Italia, y en su casa familiar encontró una carpeta con información sobre su bisabuela, Anna Allevena, que fue una de las primeras mujeres carteras que hubo en Italia. Una mujer moderna y pionera en la que se inspiró para escribir “La cartera”, una novela con la que ha obtenido un inusitado e inesperado éxito literario. 

“La cartera” es una novela río sobre una saga familiar, los Greco, que transcurre, entre las décadas de los años 30 y 60 del pasado siglo XX, en Lizzanello, un pueblo del sur de Italia, de entre cinco y seis mil habitantes, cercano a la ciudad de Lecce, situado en el tacón de la bota que dibuja el mapa de Italia. La protagonista del relato es Anna, una mujer que tiene 27 años cuando en 1934 llega al pueblo en “el coche de línea”, con su marido Carlo y su hijo Roberto, de tan solo un año. Anna, que es maestra sin plaza, y Carlo vivían en el norte de Italia, de donde ella es originaria. Se van a instalar en Lizzanello porque Carlo, que nació allí, ha recibido una herencia tras la muerte de un tío suyo. En el pueblo viven su hermano Antonio y su mujer Ágata con su hija Lorenza. Carlo va a plantar viñas en sus tierras y a emprender un negocio de vinos, mientras que la mentalidad más moderna de Anna, que no va a misa ni participa de los cotilleos del lugar, choca con la tradicional y rígida de la población lugareña. Desde el primer día, todos allí la llaman “la forastera”. Cuando muere el cartero, Anna se presenta para ocupar la plaza vacante y la consigue. En el pueblo no está bien visto que una mujer ejerza ese trabajo y eso resulta difícil de entender incluso para su marido, del que ella está muy enamorada. Como cartera, primero andando y luego en bicicleta, conoce muchos secretos de los habitantes del lugar y ayuda sobre todo a las mujeres, algunas maltratadas o analfabetas a las que tiene que leer y escribir sus cartas. Anna, decidida y valiente, se enfrentará con firmeza a todos los obstáculos, sin importarle la opinión que los demás tengan de ella.

Con estructura de novela clásica, narrador omnisciente en tercera persona y emparentada en parte con las largas narraciones decimonónicas, “La cartera” transciende los esquemas más simples del folletín y el best seller y logra construir un relato sólido y consistente. Además de Anna, aparecen otros muchos personajes bien dibujados, que establecen entre ellos relaciones cruzadas de todo tipo y componen un interesante fresco rural del sur de Italia de ese periodo histórico. Sin cargar demasiado el acento en las cuestiones políticas, vemos de fondo los cambios de la sociedad italiana en esas cuatro décadas: el auge de Mussolini, la influencia de la iglesia, los efectos de la Segunda Guerra Mundial, la llegada a Italia del voto femenino, la división política entre una Democracia Cristiana preponderante y un Partido Comunista opositor o la progresiva modernización de un sur anclado en la tradición. Porque uno de los temas que subyacen en la novela es el contraste entre ese sur atrasado y tradicional y un norte más moderno y avanzado. Anna encarna claramente esta última idea y, en parte, también su marido Carlo, que traslada al sur su espíritu emprendedor en los negocios adquirido en el norte, pero que mantiene muchos prejuicios sociales propios de su lugar de nacimiento.

Hay mucha presencia de la literatura en la novela. Anna es una gran lectora y, al viajar al pueblo, lleva en su maleta libros como “Madame Bovary”, “La educación sentimental”, “Anna Karenina”, “Jane Eyre”, “Cumbres borrascosas” y “Orgullo y prejuicio”. Desde el primer momento, establece una relación especial con Antonio, el hermano de su marido, también buen lector, que le presta libros con párrafos subrayados en los que muestra su pensamiento y sensibilidad. También el cine italiano, tan brillante en esa época, tiene su protagonismo. En Lizzanello hay una sala donde se proyectan películas de Vittorio De Sica o Rossellini y se destaca a la actriz Anna Magnani. Asimismo, hay referencias gastronómicas, en especial a la preparación del pesto.

“La cartera” es, en cierto modo, una novela de las de antes, con una historia atractiva, muchos personajes entrelazados y una buena trama que entretiene y engancha al lector. Inspirándose en su bisabuela, Francesca Giannone ha dado en el clavo con su primera novela. En Italia acaba de publicar una segunda en un registro diferente. No será fácil que pueda repetir el éxito alcanzado por “La cartera”.

“La cartera”. Francesca Giannone. Duomo Ediciones. 2024. 464 páginas

 

lunes, 3 de febrero de 2025

EXCURSIÓN POR LOS PUEBLOS DEL SOLANO Y EL DOLMEN DE RAMASTUÉ













En la margen izquierda del valle del Ésera, entre las laderas meridionales que descienden de Cogulla, Gallinero, Cibollés y la tuca de Urmella, montañas que la custodian por el norte, y la llanura aluvial de Castejón de Sos, que se abre al sur, se encuentra la zona de la Alta Ribagorza conocida como El Solano. Varias pequeñas y tranquilas poblaciones se despliegan sobre ese espacio orientado hacia el sol del mediodía. De oeste a este, encontramos las localidades de Sos, Eresué, Ramastué, Liri, Arasán y Urmella, que pertenecen a diferentes municipios. Sos está incluido en el de Sesué; Eresué pertenece al de Sahún; Ramastué y Liri, a Castejón de Sos; Arasán y Urmella, a Bisaurri. Varias rutas senderistas surcan El Solano y conectan estos pueblos entre sí. Además de la visita a los mismos, desde hace poco tiempo, se añade a estos itinerarios un nuevo atractivo al que acceder por sendero señalizado: el dolmen de Ramastué.  

Voy a describir aquí mi última excursión por algunos de estos pueblos del Solano y el citado dolmen, realizada a finales del pasado mes de noviembre, cuando los colores del otoño estaban dejando paso a estampas más invernales y poco antes de que la primera nevada de la temporada, en el puente festivo de la Constitución, tiñera de blanco el valle. Fue un recorrido circular con inicio y fin en la localidad de Castejón de Sos. Comenzamos a andar en la Avenida El Ral, arteria principal, a la vez que carretera, que atraviesa la población de oeste a este. A nuestra izquierda, y en dirección al norte, buscamos la calle Valle de Sositania, por la que enseguida salimos del pueblo accediendo a una ancha pista de tierra. Seguimos hacia el norte, dejando a nuestra derecha otra pista que va a Arasán y que será por la que regresaremos. Nosotros nos dirigimos a la pequeña localidad de Sos y, en el primer tramo de nuestro recorrido, coincidimos con el Camino del Ocho, muy popular y concurrido por los paseantes del lugar. Pasamos junto al cementerio y, entre algunas bordas y prados en los que pastaban plácidamente algunas vacas, desembocamos en un sendero más estrecho y sombrío que, flanqueado por paredes de piedras, discurre entre bosque de avellanos, fresnos y quejigos, Con tramos empedrados, vamos ascendiendo por camino más abierto hasta llegar a Sos, cuyo topónimo procede probablemente del latín SUSUM-SURSUM y de su variante SUS, que significa “arriba”.

Lo primero que encontramos de Sos es su iglesia dedicada a San Andrés, con ábside románico y bella portada fechada en 1658. El escueto caserío está un poco más abajo, con algunas llamativas portadas, casas modernas y la vieja fuente lavadero. En el cerro colindante al de la iglesia hay una pequeña capilla abierta, dedicada a Santa Lucía, y una mesa de madera con dos bancos. Desde aquí, se contemplan extraordinarias vistas de la llanura por la que discurre el río Ésera antes de encajonarse en el congosto de Ventamillo. Castejón de Sos se extiende casi al final de la explanada que cierran por el sur los macizos del Turbón y de Baciero y, por el oeste, la sierra de Chía. Desde Sos podríamos ir a Eresué, donde destaca la magnífica iglesia románica dedicada a San Juan Bautista. Sin embargo, entre árboles, seguimos nuestro sendero hacia el este, en dirección a Liri, y, en poco tiempo, llegamos a un cruce de caminos. Con intención de regresar a él, tomamos el de la izquierda para visitar la pequeña ermita de San Marcos y el dolmen de Ramastué.

Tomado el desvío, tras una corta subida, giramos a la derecha, pasamos por unas piedras con forma de dolmen, pero no catalogadas como tal, y llegamos a la ermita o capilla de San Marcos. El pequeño oratorio, con estructura abierta, está rodeado de árboles y conforma un rincón de gran encanto y magníficas vistas al sur. Desde aquí nos dirigimos al dolmen de Ramastué por una trocha poco marcada, que desemboca en un gran prado del que hay que buscar la salida para conectar con el camino, ya señalizado, que procedente de Ramastué conduce al dolmen. La vuelta la hicimos por ese camino hasta la confluencia con el que lleva de Ramastué a la ermita de San Marcos. Aunque la mejor manera de llegar al dolmen es por sendero señalizado, partiendo desde la entrada al propio pueblo de Ramastué, del que el monumento megalítico dista, en descenso entre prados dedicados al cultivo de forraje, unos ochocientos metros.

Aunque conocido por los vecinos de la zona, el dolmen no había sido estudiado ni catalogado hasta que, a finales de 2018, fue declarado Bien de Interés Cultural. Situado a unos 1335 m. de altitud, el dolmen se halla en el extremo noroccidental de un amplio y verde prado. Hasta hace poco se encontraba algo oculto por estar rodeado de varios árboles. Algunos de ellos fueron cortados y solo han quedado tres próximos y los restos del tronco de otro, que sirve en parte de apoyo a una de las piedras que componen el dolmen. Se trata de una estructura megalítica de pequeño tamaño compuesto por cuatro ortostatos o piedras de granito: dos en paralelo y una de fondo para cerrar una pequeña cámara funeraria y otra, más grande, colocada sobre las otras tres a manera de cubierta. La cámara funeraria es rectangular, alargada y estrecha, y tiene la abertura orientada hacia el suroeste y el cierre posterior, al noreste.  A pesar de que los árboles próximos y la hierba del prado no permiten asegurarlo por completo, no parece que exista ningún círculo de piedras ni túmulo funerario junto al dolmen.  

La palabra “dolmen” procede etimológicamente del bretón y los términos “dol” y “men” significan respectivamente “mesa” y “piedra”. Los dólmenes son sepulcros megalíticos prehistóricos utilizados para inhumaciones colectivas que se construyeron principalmente en la vertiente atlántica europea durante el final del Neolítico y el Calcolítico o Edad del Cobre, entre dos y tres mil años antes de Cristo. Este nuevo dolmen de Ramastué viene a sumarse a otros de Ribagorza ya conocidos: el más próximo de Seira, los de Cornudella de Baliera y Soperún, en el término de Arén, los del Mas de Abad, cerca de Benabarre, y los descubiertos recientemente, pero aún no señalizados, de la zona del Montsec. Su distribución suele coincidir con el itinerario de caminos tradicionales, cabañeras para el ganado o pasos importantes y estratégicos. Esto hace pensar que estas construcciones tal vez tuvieran relación con la vida pastoril y que, además de su carácter funerario, sirvieran también como posible delimitación de territorios.

Tras disfrutar un buen rato de la soledad y belleza del paraje en que se levanta el dolmen, retrocedimos hacia la ermita de San Marcos y al camino que lleva de Sos a Liri. Una pronunciada, aunque corta, bajada nos conduce al barranco de Ramastué, que cruzamos fácilmente saltando entre varias piedras. Es éste otro rincón encantador para disfrutar: varias pequeñas cascadas de agua cantarina cayendo entre las piedras y, en ese día otoñal, un suelo  alfombrado de hojas crujientes a nuestras pisadas. Iniciamos una subida y en poco rato llegamos a Liri, Lliri en el habla de zona. Un pueblo acogedor dispuesto sobre una ladera, con el barranco del mismo nombre, famoso por sus cascadas, dividiendo el caserío en dos mitades. En la parte alta se encuentra la imponente iglesia de San Martín, con posibles orígenes románicos y aires de fortaleza. En el albergue de la localidad, reabierto recientemente, hicimos una parada para comer algo y reponer fuerzas.

A la salida de Liri tomamos un sendero a la derecha que permite atajar alguna curva de la carretera, aunque finalmente hay que seguir un tramo de esta para, tras pasar por la capilla de Santa Bárbara, llegar a Arasán, un pequeño pueblo calle con algunas casas de interés, un curioso lavadero enmarcado bajo una bóveda y, al final de su escaso caserío, la iglesia parroquial de la Asunción, que alberga una interesante talla de madera de un Cristo de los Milagros. Desde Arasán, podríamos continuar más hacia el este para dirigirnos a Urmella, donde destaca el hoy bastante arruinado, y en su momento importante, monasterio medieval de los santos Justo y Pastor. Pero nosotros, tras una rápida visita a Arasán, volvimos a la carretera y tomamos un sendero señalizado que, en unos cuarenta minutos, nos llevó a Castejón de Sos. El inicio es un poco incómodo por lo pedregoso y porque suele servir de cauce al agua de una acequia. Se cruza el barranco del Pedral y, después de un bello tramo umbrío, flanqueado de fresnos, bojes y algún cerezo silvestre, nos topamos con una borda, llamada del Baile, y enseguida tomamos un sendero a la izquierda. Luego se cruza la carretera y, en  pocos minutos, se llega a Castejón de Sos, donde terminamos nuestro recorrido. Una distancia total de unos catorce kilómetros, con algo más de quinientos metros de desnivel acumulado, en el que invertimos casi seis horas, andando relajadamente y con un buen número de paradas, para disfrutar sin prisas de los muchos atractivos de esta interesante ruta por los pueblos del Solano.

(Artículo publicado en el número 129 de la Revista Guayente, enero 2025)

Fotos: 1 - Dolmen de Ramastué, 2 - Barranco de Ramastué, 3 - Ermita de San Marcos de Ramastué, 4 - Camino de Sos a Liri, 5 - Vista desde Sos de la llanura aluvial con el río Ésera y Castejón de Sos al fondo, 6 - Iglesia de San Andrés en Sos, 7 - Paisaje otoñal al llegar a Liri, 8 - Sos, 9 - Sendero de Castejón de Sos a Sos , 10 - Iglesia de Liri, 11 - Arasán  





domingo, 26 de enero de 2025

CON "LOS DOS BEUNE", PIERRE MICHON CULMINA SU DÍPTICO SOBRE UNA PASIÓN AMOROSA OBSESIVA


El Beune Grande y el Beune Chico son dos ríos franceses afluentes del río Vézère, en la región del Périgord, en el suroeste de Francia. En 1996, el escritor francés Pierre Michon  (Cards, 1945) publicó la novela corta “La Grande Beune”, que en 2012 Anagrama tradujo al español con el título de “El origen del mundo”. Así quería titular su libro el propio Michon, pero no pudo hacerlo por estar ya en francés ese título registrado. Ahora, casi treinta años después, el escritor galo ha publicado “Los dos Beune”, que incluye la novela original de 1996 y su continuación actual. El díptico ha sido editado en España también por Anagrama y de nuevo con la traducción de María Teresa Gallego Urrutia.

Pierre Michon es uno de los escritores actuales con mayor prestigio literario en el país vecino. Ya casi octogenario, responde en gran medida a lo que suele denominarse un autor de culto. Alabado por la crítica más exigente y con unos lectores muy devotos, vive alejado del foco mediático y apenas promociona personalmente sus libros. Hijo de una maestra, que lo educó cuando su padre abandonó el hogar familiar, se licenció en Letras, trabajó como profesor y formó parte de una compañía de teatro con la que recorrió toda la geografía francesa. Debutó como escritor en 1984 con “Vidas minúsculas”, considerada casi unánimemente como una obra maestra. Además de este libro, Anagrama ha publicado en nuestro país “Señores y sirvientes”, “Rimbaud el hijo”,El origen del mundo”, “Cuerpos del rey” y “Los Once”.

Como ya se ha dicho, “Los dos Beune” consta de dos partes tituladas con los nombres de dos ríos: “El Beune Grande” y “El Beune Chico”. La primera coincide con la novela publicada en 1996 y la segunda es un nuevo texto con la continuación de aquella. Ambos textos son breves y el resultado del conjunto se lee como una unidad narrativa, con continuidad cronológica y un final cerrado, pues el relato de la primera parte quedaba más abierto. El narrador en primera persona, cuyo nombre de pila no conocemos hasta el final de la novela, es un joven de veinte años que llega a la pequeña población de Castelnau, a orillas del río Beune Grande, en la Dordoña francesa, para trabajar por primera vez como maestro en la escuela local. Es el año 1961, pero el narrador recuerda los hechos desde un futuro posterior indeterminado. En el pueblo, se hospeda en una fonda regentada por Hélène, mujer maternal y acogedora, donde los rudos lugareños van a echar sus tragos y hablar de sus cosas. Por allí acude con frecuencia Jean, el hijo de Hélène, un mítico y portentoso pescador, que se conoce el río como la palma de su mano y juega al gato y el ratón con los gendarmes con sus artimañas furtivas. Otro personaje masculino con cierta presencia en la novela es el llamado Jeanjean, un granjero del pueblo, cuyo granero alberga, escondida tras un tractor John Deere, la entrada a una cueva, al parecer prehistórica, que van a visitar los turistas. También Mado, la novia del joven maestro, que va a visitarlo algunos fines de semana, adquiere un cierto protagonismo en la segunda parte de la novela.

Mención aparte merece Yvone, la estanquera del pueblo, una mujer de belleza exuberante, madre soltera de un niño de siete años que es alumno del joven maestro en la escuela. El narrador queda arrebatado por una pasión amorosa obsesiva y un deseo sexual irrefrenable por la estanquera, que ocupa casi permanentemente su pensamiento. Cada día va a comprar su paquete de Marlboro y pasea por los caminos locales ansioso por encontrarse con ella (“Yo me asfixiaba de bestialidad. El mundo era una carne blanca, un bocado soberbio”). Esa pasión ardiente y profunda, eje central del relato, puede entenderse como un deseo ancestral y telúrico, en conexión con un tiempo pasado y arcaico, representado por las cuevas prehistóricas de la región y los impulsos primigenios de los cazadores y pescadores del lugar, integrados en los paisajes campestres. En la región de Dordoña se encuentra la cueva de Lascaux,  con significativas muestras del arte rupestre y paleolítico y a la que se hace referencia varias veces en la novela. 

En este largo párrafo se resume con absoluta precisión el estilo y la esencia de la novela. “La deslumbrante prosa de Michon, poética y profunda, elusiva y alusiva a un tiempo, despliega un entramado neblinoso de pasiones soterradas, pulsiones oscuras y fulguraciones entrevistas, e invita a bucear por los misterios de una civilización en la que a la naturaleza y la geología se les superponen la historia y la cultura, herramientas del raciocinio destinadas a atemperar, en última instancia en vano, las corrientes sísmicas de las pasiones privadas”.

A punto de cumplir ochenta años, Pierre Michon parece mantenerse en plena forma como escritor. Esperemos que aún pueda regalarnos nuevas joyas literarias como la que acabamos de reseñar.

 “Los dos Beune”. Pierre Michon, Anagrama. 2024. 160 páginas